jueves, setiembre 28, 2006

EL DIARIO DE JIMMY


El otro día Santiago llegó con una botella de vodka a mi departamento. Era una tarde de domingo, recuerdo, y aun no nos reponíamos de la resaca del domingo pero el muy concha ya quería volver a tomar. Prendimos un troncho para festejar (¿festejar qué, su visita?). El olor a marihuana siempre me gustó, siempre que sea buena, porque las malas, esas que te venden cuando recién empiezas, te dan ganas de vomitar (y fumarla de una jodida vez para que desaparezca). Santiago abre la botella, se nota que está atravesado, porque ni bien le doy el chamo, el huevas golpea y chupa como si fuese naranja y pone una cara única de huevón (¿quién no pone cara de huevón cuando fuma marihuana?) y se descompone todito cuando chupa su trago. Me dice, como que se lo saqué: causa, la chata me tiene cogido de los cojones. Alucina que me cuenta que está en bola. Es una pendeja, me quiere sacar plata. A mí que no me venga con huevaditas de embarazada porque de un garrotazo le saco el calato y se acaba el chiste y hasta mañana los pastores, causita, muere el payaso triste. Yo lo miro y lo desconozco, y no siento compasión por él, porque mi amigo, siendo un marihuanero compulsivo y amante de la paz y enemigo a muerte de los Estados Unidos, quiere asesinar a un chibolo que supuestamente es suyo y que la chata Natalie se lo va a cargar con el cuento del matrimonio. O el matrimonio es el cuento para que acepte al chibolo. La cosa es que estamos chupando el vodka puro y fumando hierba cuando se vino la noche y Santiago se quedó a dormir (no dormimos hasta entrada la mañana) escuchando nuestra colección de cd's.